CINCO DÍAS DE OSCURIDAD

CUANDO NADIE TE VE

Escrita después del fin del mundo. O un segundo antes de que despiertes. No es un cuento de miedo. Es un mensaje de amor que sobrevivió al apagón. Un recuerdo que todavía no pasó.

Se acabó lo conocido. Menos esa chispa que te trajo hasta acá. Esa decisión mínima de no soltarte.

Está en tus manos.

No va a durar para siempre.

Y lo que hagas con eso —aunque nadie lo vea— puede volver a encender el mundo.

I. LA ILUSIÓN

ANTES DE PARTIR08:27

“Llegamos tan tarde a nuestro abrazo. Que ahora esa distancia… no era de kilómetros. Era de mundos.”—El amor de tu vida.

—¡Corré!

El grito se pierde entre altavoces, bolsos abiertos y abrazos que no llegan. El suelo de baldosa te traiciona. Y patinás… como tantos que huyeron, sin saber si volverían.

Esta no es una terminal. Es el salto que todavía no diste.

Esquivás mochilas, despedidas y fantasmas.

—Si hubieras acomodado todo anoche, como me prometiste...

—¡Lo hice! Solo faltaba juntar la ropa, empujar la vida al bolso, dar unas vueltas, empacar tu foto y salir.

El corazón late más que los pies. El reloj cruje. Aun así disimulás para que no se note, que estás aceptando —otra vez— que tenía razón.

Fuiste a su lado, a destiempo. Ninguno quería irse sin su abrazo.

Igual avanzaste sin tregua. Como en la escuela. Aunque esta vez no había timbre, ni campana, ni nadie esperándote del otro lado. Solo una fila que parecía la correcta.

—Llegué a tiempo, como siempre —le decís—.

Pero el tiempo también se quedó sin paciencia. La fila, muda, con un boleto de ida en cada mano.

La niebla se abre. Y un rugido antiguo, como el de una fiera herida que aún reconoce su ruta, se detiene frente a tus restos.

Ahora el micro espera.

La vida, no.

El gigante no traía respuestas. Solo asientos vacíos.

Abrió su puerta. Después bajó el olor: a café frío, a recuerdos y a lavandina que no alcanza a borrarlos. El chofer no anunció el destino. Se cruzó de brazos en la entrada. Y ese gesto selló el final.

Su acompañante caminó hasta la baulera. Sin ganas de llegar.

Mientras cortaba los boletos, no sabías explicarte por qué estabas ahí. Y no en casa. Con su abrazo partido. Con su angustia heredada. Pero en casa.

El aire está helado. El día nace sin fuerza. Y en eso se parecen.

El asistente sigue arrastrando bolsos. El chofer se sienta. El motor arranca con rabia. Lastima escucharlo. Escupe humo, quema gasoil, vomita aceite. No está sano. Y nadie ahí parecía estarlo.

Te inunda el terror de irte. Te retuerce la panza. Y solo queda un minuto para quedarte.

—Son solo unas semanas —soltás, como si te lo creyeras.

Pero tu voz no consuela.

—Te voy a extrañar.

Te mira. Y sabe que todavía no aprendiste a despedirte. Ni siquiera de esa ropa que guardaste, esperando volver a ser.

Sacás dos papeles. Son la misma foto. La de ustedes. Una la dejás en su mano. La otra, la guardás contra el pecho.

El motor ruge. Escupe. Ya está en marcha.