Pantalla 4
LA DEUDA— 09:00
Te ardían los ojos. El humo pasaba. La culpa, no.
—Quería que vinieras conmigo.
—Y yo... que no te fueras. Pero te vas igual.
Hay un silencio por encima del ruido. Ninguno se atreve a romperlo. Les asusta lo que puedan escuchar.
—Siempre creí que mi hogar era un lugar. No. Es alguien. Y me estoy yendo. Sin las llaves.—
No te vas por valiente. Huís como cobarde.
Y lo sabés.
De repente los focos titilan... y se rinden. Los carteles callan.
Las valijas caen. Ya no hay apuro. Solo una mirada. La última, tal vez. O la primera que se anima a desnudarse.
—No puedo olvidarme de esto. Tomá.
Deja en tus manos un paquete envuelto en papel marrón, atado con una cinta torcida. Hecho con apuro. O con miedo a que fuera el último.
—¿Qué es? —preguntás, a punto de romper el envoltorio. Como todo lo demás.
—Abrilo después. Cuando no sepas qué decir... vas a escuchar una voz.
—Nunca sé qué decir... —sonreís—. Lo guardo.
—Cuidalo, siempre voy a estar donde haga falta.
Alguien grita. Es el cuarto de la fila. Vestido para la playa, con sombrero de vaquero. Da vueltas. Se muerde los dedos. Se traga las dudas.
—No hay luz... ¡y los monstruos ya salieron!
Lo grita. Lo repite. Lo murmura.
—Bueno... si le toca a mi lado, por lo menos no viajo en silencio.
Siempre se rió de tus chistes malos. Esta vez... no.
—¿No te olvidás de nada?
—No. Aunque sí...
Te estás dejando el abrazo más grande del mundo. El que guardaste desde antes del tiempo. Y justo cuando das medio paso más allá del miedo... cuando el alma se anima...
—¡Chapadmalal, 09:47!
El micro grita. El asistente manotea tu bolso.
Pero pará.
Ese micro no es tuyo. Nunca lo fue.