Pantalla 5

EL ERROR10:05

El tuyo ya dobló la curva. Está a unos metros de desaparecer.

O de cambiar tu historia para siempre. Se miran. Y no se tocan.

La despedida también queda en promesa. Al abrazo se lo tragó el apuro. Ahora tiembla todo. Y solo su voz puede arrancarte de ahí. No como orden. Como grito de amor. Como quien empuja sin soltar:

—¡Ahora sí... corré!

Salís con el pecho abierto por el andén, esquivando valijas, cuerpos, reencuentros, todo lo que intenta frenarte. En la corrida, te chocás con el abrazo de una despedida. Y sin querer, te llevás una lágrima que no era tuya. Te disculpás al paso. Te quedás sin aire. Y no hay tiempo de frenar.

—¡Pará! ¡Pará! Por favor...

Tu micro ya está por perderse en la autopista. Un instante más. Un grito menos. Y nunca va a conocerte. No sabés si avanzás o si te alejás de lo único que alguna vez te sostuvo. Pero no frenás.

La terminal se derrumba a tu alrededor. Las risas. Los bolsos. Los focos. Todo. Menos ese rincón tuyo... que todavía intenta mantenerse en pie. Una señora desde la vereda te ve. Y grita también. Levanta los brazos. Señala. Hace coro con tu urgencia.

El chofer duda. Va atrasado. Pero su corazón decide.

Los frenos soplan, y el cuerpo del gigante se inclina. El escape tose mientras sus diez ruedas descansan. Y la puerta se abre.

Subís jadeando.

—¡Gracias! —A la señora, al conductor, y a los pasajeros.

—Pero si no frenabas, Yo todavía estaba ahí.—

La ciudad se aleja. Y no es lo único que se borra. Atrás se queda lo que no te animaste a vivir.

LA RUTA10:14

El asiento es un sillón. La ventanilla, un filme de desamor.

Trajiste todo. Y sin embargo... no alcanza. En la valija no entra más: zapatos, bufandas, un mapa sin marcas, una agenda sin fechas, un botiquín con pastillas que no calman. Porque lo que duele no es el cuerpo. Es eso que no va a despertarte mañana.

Entonces sacás el teléfono. Necesitás decirle que seguís ahí.

Hay un audio.

No se descarga. Pero es su voz. Lo intentás otra vez. La ansiedad te muerde los dedos. Tal vez era un “te espero”... o un “chau, estoy mejor sin vos”.

Y escribís lo que habías venido a decir:

—Me traje los papeles, la foto, el mapa. Y me dejé el corazón.

Lo releés con temor. Lo enviás con fe. Pero no sale. No llega.

La señal se perdió. Como todo lo que no supiste soltar.

Apoyás la frente contra la ventanilla. Afuera, el paisaje se disuelve. Pensás en su sonrisa. En el día que se conocieron. En el viaje que no hicieron. Y en todas las veces que fallaste con quienes te quisieron.

Una vez te dijo algo. Algo que servía cuando todo se caía al mismo tiempo. Ahora no recordás qué. Siempre pasa cuando más lo necesitás.

A dos butacas. Un anciano está atrapado en sus sueños.

—Está oscuro. Por favor. Volvé.

Suda. Lucha. Llora. No sabés si sacudirlo, o si darle un abrazo, y decirle: te entiendo, yo tampoco sé soñar.

Lo despierta un golpe. Los levanta a todos.

—¡¿Chocamos?!

Nadie responde. Solo se miran para comprobar si todo sigue en su lugar. Los bolsos, el anciano, el café. Todo. Menos vos.

No es el micro lo que tiembla. Es tu fe.

Tres butacas adelante, alguien prende el televisor del micro.

“...nivel crítico... Repetimos... Si no se corta ahora...”

La pantalla se apaga. Nadie supo qué película era.

El motor no se rinde. Persiguen al sol. Y cerrás las cortinas creyendo que mañana va a seguir ahí. El asiento se hace cama. Y la pequeña manta... se convierte en una inmensa frazada.

Ahora los baches te mecen.

Con los ojos cerrados, ves un futuro mejor. Y el recuerdo se cuela en tus sueños. Esa tarde en la playa. Su cabeza en tu hombro. Pensando que así iba a ser para siempre.

Dormiste por horas, con el pecho envuelto en un paquete que todavía no sabés si es una despedida... o una promesa. Igual te sostuvo.

En ese descanso, algo se aflojó.

Te olvidaste de correr.

Y por primera vez,

no deseaste volver.

Estar...

alcanzó.