Pantalla 6
EL REGALO— 16:4_
El mundo ya era otro. Por la ventanilla, los cerros nacieron.
La ruta se llenó de campo. El cielo se llenó de pájaros. Mirás el reloj. Voló la hora.
Buscando el abrazo que no diste, abrís el paquete. La cinta cede de un tirón. El papel resiste. Cuando por fin se afloja... el cielo también se abre.
Y cae.
Adentro, una radio vieja. Cuadrada. Con las esquinas gastadas... y el corazón encendido. Como el recuerdo de la primera vez que la tuviste en tus manos.
Hay un papel. Lo abrís con cuidado.
“Si todo se vuelve ruido, prendete. Tal vez suene nuestra canción.”
Te tiemblan los ojos. Te tragás la voz.
—No quiero escuchar una radio. Quiero bailar con vos. Y no puedo.—
No la encendiste, pero jurarías haber sentido su respiración.
Ahora pesa más que el bolso. No por los cables. Ni por las pilas.
Sino por lo que significa tenerla. Querés volver. O que al menos una palabra tuya cruce este abismo. Agarrás el celular. Lo mirás. Lo apagás. Y lo volvés a prender.
Marcás. Nada. Nadie.
Solo llamadas de emergencia. Y la tuya... ni siquiera tiene tono.
EL INTERRUPTOR— __:__
Desde la ventanilla del micro, el universo se apagó. Como si alguien, desde muy lejos, le hubiera cerrado los párpados al mundo. Nadie supo cómo abrirlos después.
Dos faros cortaban la oscuridad. El gigante ya estaba en la estación.
El chofer nunca dejó de mirar la salida. El motor no paró de temblar. Más que una parada, era una frontera.
El umbral entre lo que fuiste... y lo que todavía podés ser.
Te abrazaste a la radio, buscando no caerte. Antes de bajar, volviste a leer el papel.
“Prendete”.
Sonreíste en el caos. En vez de llevarte el papel, lo doblaste lento. Lo dejaste en el asiento. Como quien ya no necesita la luz... pero igual la deja encendida. Por si alguien llega de noche y también se pierde.
Afuera, la terminal era el esqueleto de lo que alguna vez soñó.
Adentro, el micro fue útero y tumba. Y cuando bajaste... ya no eras el mismo cuerpo.
Algo en vos se había partido y parido.
Y aun así, volver iba a doler el doble.
El micro se perdió entre las ruinas. Nadie se animó a mirar.
Vos tampoco. No hizo falta. Porque lo que venía no estaba atrás.
La normalidad se cayó por un botón que nunca tocaste.
Y aun así, seguís de pie. El piso tiembla bajo tus pasos.
Dos mariposas cruzan volando y se pierden entre los andenes.
En el suelo, un espejo roto devuelve el primer haz de sol.
Y por un instante, sentís que el reflejo te está buscando.
Con la última señal en una mano, y el abrazo no dado latiendo en la otra, entendiste: esta pesadilla no vino a detenerte.
Vino a mostrarte la parte de vos que nunca se rindió.
Ni al miedo. Ni al fin. Ni al olvido. Y ya no volviste a mirar igual.
No era otro mundo. Era este. Sin excusas.